El
espacio impasible:
A
mediados de los años sesenta del
S.XX, en un clima generalizado de protestas
y reivindicaciones, surge con fuerza en
la Escuela de Bellas Artes de San Fernando
de Madrid, un interés por desarrollar
un nuevo lenguaje pictórico que se
alejara tanto de las corrientes abstracto
expresionistas imperantes en aquel momento,
como de otras figuraciones emergentes, inspiradas
en el Realismo Social de los años
treinta o en la misma publicidad (Pop-Art).
Se trataba de encontrar una forma de expresión
mas depurada que sin pretender la recuperación
de un extinto y olvidado academicismo, pudiera
revelar el mundo particular e íntimo
de cada artista. Una pintura que, de forma
casi revolucionaria dentro del contexto
de esa época, profundizase sin límites
en aspectos ilusionistas de la imagen. La
figura catalizadora de este movimiento sería
Antonio López García, un personaje
relativamente aislado dentro del panorama
artístico de su tiempo, que desde
hacia unos años sorprendía
a críticos y aficionados con un tipo
de pintura que ya se conocía como
Realismo Mágico. Vicente Aguilera
Cerni no dudaba en afirmar, en uno de sus
influyentes ensayos, que “La de A.L.
es la pintura más enigmática
que se ha hecho en España en la última
década”.
En
muy poco tiempo se irían consolidando
varias tendencias dentro de este rompedor
movimiento, algunas aparentemente contrapuestas
- como los que abogaban por una pintura
‘del natural’ o los que defendían
la libre utilización de fotografías
como apoyo en el proceso creativo - y que
sin embargo sentarían las bases de
lo que se conoce desde entonces con cierta
ambigüedad, como “Realismo Español
Contemporáneo”.
Aunque
esta forma de expresión plástica
no tardaría en ser relegada a un
segundo plano dentro del panorama artístico,
tras la irrupción de otros movimientos,
no sólo ha seguido vigente a través
de sus primeros protagonistas, sino que
han ido apareciendo paulatinamente nuevas
figuras de una tercera generación,
como José Manuel Ballester, Luis
Mayo, Carlos Díez Bustos, Félix
de la Concha o Alvaro Toledo, quienes, cada
uno a su manera, han seguido aportando nuevas
ideas y experiencias a esta particular manera
de entender la pintura.
En
el caso de Toledo resulta especialmente
revelador su forma de redescubrir el genero
del bodegón sin aparentemente romper
con ninguno de sus convencionalismos y pintando
del natural como sus más relevantes
antecesores. No cabe duda que es plenamente
consciente de sus reglas y limitaciones.
Sabe que la Naturaleza Muerta en la historia
de la pintura, siempre ha sido un sistema
de representación en continuo cambio
y evolución, directamente relacionado
con las transformaciones de la sociedad
y del discurso artístico. A través
de realidades, fantasías y emblemas,
los bodegones, han sabido reflejar ciertas
actitudes que las personas mantienen hacia
sus objetos cotidianos. También han
sabido mostrar de forma inusitada como los
artistas han sido capaces de ir gradualmente
reinventando un lenguaje visual sin apenas
alterar su iconografía.
Así
vemos como los bodegones de Toledo son representaciones
de una realidad contemporánea, de
un espacio impasible pero sin dejar de ser
directos herederos de esa tradición
española que hizo exclamar a Charles
Sterling en su introducción a la
muestra “El Bodegón desde la
Antigüedad a Nuestros días”
en la Orangerie (1952): “Durante el
S.XVII los pintores españoles supieron
imbuir este genero de un sentimiento y un
aliento jamás alcanzados anteriormente.
Eligieron como modelos los objetos más
cotidianos y humildes que tenían
a su alrededor para luego cargarlos con
una inmensa fuerza emotiva utilizando únicamente
líneas y colores y sin recurrir a
los simbolismos literarios del que hacían
uso los pintores holandeses en su cuadros
de Vánitas.”
El
proceso de selección de los objetos
representados ha estado tradicionalmente
influenciado por el papel que estos han
ocupado en el contexto de una determinada
sociedad. A pesar de que esos objetos pueden
parecer genéricos, - un jarrón
con rosas, otro con unos cardos y un tercero
con unos nísperos, pero igualmente
una mesa de trabajo - como sujetos, pertenecen
a una época y su elección
ha sido determinada por el lugar que ocupan
en un contexto cultural e histórico
concreto. Como afirmaban los comisarios
de la exposición que el MOMA de Nueva
York organizó en 1997 sobre los Nuevos
Bodegones: La elección deliberada
de esos objetos sobre otros, los convierte
directamente en objetos de deseo.
Toledo
introduce en uno de sus cuadros un espléndido
florero de cristal de Alvar Aalto para recoger
esas ramas de níspero que inmediatamente
nos traslada a una experiencia vital, indicándonos
sus gustos y escala de valores, pero también
a un contexto cultural especifico. Lo mismo
ocurre con la aparición del anacrónico
marco de un espejo de estilo barroco. Es
su elección, como la luz y el ambiente
que le dan vida. Esta ahí porque
es su particular objeto de deseo. La mesa
de trabajo que nos muestra en otro cuadro
solo puede ser la suya y si analizamos los
objetos representados sobre ella, nos cuentan
una historia personal que despierta inmediatamente
la imaginación. Algo parecido ocurre
con el espacio donde se enmarca ese bodegón,
puede ser un contexto neutro pero también
algo tan concreto como el patio de la Fundación
Joan Miró. Y sin embargo, no nos
engañemos, no dejan de ser representaciones
ficticias de esos objetos, de esas vivencias,
simulacros de la realidad creados por un
artista que domina todos los convencionalismos
para luego alcanzar su meditado objetivo.
Sabe como jugar con las apariencias, interpretando
y articulando los elementos que tiene a
su alcance para terminar convirtiéndolos
en un paradójico espejo de su tiempo.
Javier
Mazorra
|